A FUJIMORI NO LE GUSTAN LOS INTELECTUALES, LE GUSTAN LOS MILITARES

 Los años ochenta son conocidos como los de la década perdida. Los noventa, que acaban de pasar, como los del silencio. 

Durante esos años no estuvo de moda pensar; estuvo mal visto, además, y era peligroso. Esa agobiante atmósfera se resumía en una sola frase: "es tiempo de hacer, no de pensar". Bajo esa premisa, supuestamente pragmática, se tendía un oscuro manto de secretos y temores. Ante la evidente ausencia de ideas se propuso, desde el gobierno, la nefasta convicción de que el diálogo perturbaba una eficiente gestión empresarial, versión que a Fujimori le gusta porque se ve a sí mismo como un gerente.


 

El lema de su gobierno es exacto al de los carteles que se encuentran en las paredes de los hospitales: "prohibido hablar".

Esta actitud supuestamente eficiente, gerencial, moderna y globalizada sataniza el papel del intelectual. Para el régimen fujimorista, el intelectual es visto como una persona que no asume su responsabilidad, que piensa sin tomar en cuenta la aplicación de sus propuestas y que ha perdido la capacidad de expresarse con las grandes mayorías. 

Los últimos diez años testimonian esta grave realidad, sobre todo si consideramos el papel que desempeña una televisión cautiva, acrítica, que no informa y que el gobierno auspicia financiando programas embrutecedores. El desmantelamiento de las instituciones civiles impide que la población establezca un diálogo vivo con aquellos que tienen como misión pensar sistemáticamente nuestro presente y futuro.

Sin embargo, la sociedad no está muerta. Los últimos acontecimientos políticos, la turbia tercera elección de Fujimori, ha desatado una vitalidad no vista en la última década, especialmente entre los jóvenes, aquellos que vivirán a lo largo y ancho del Siglo XXI.